Akareplicant79’s Blog

A brand new space

Simplemente maravilloso

Publicado por Replicant 79 en Julio 22, 2009

ToE

Twins of Evil

Parafraseando a Stephen King, sigo devorando la literatura y el cine de horror como si fuera comida chatarra. Así es, en definitiva, no puedo ni quiero evitarlo. Decir que siempre me ha capturado, suena a cliché, pues, al fin y al cabo, ¿desde cuándo y por cuánto es siempre? (jajaja). No fukin’ idea. En cualquier caso, mi inclinación por explorar  el terreno de lo popular -más concretamente, el de la cultura popular- continúa vigente (conste que no en el sentido de darme ”baños de pueblo”). Y no es que me prive, creo yo, de la oferta de la alta cultura, o de lo que el canon ha llevado a alcanzar dicho status.

 Todo es cuestión de iniciar, o retomar, alguna línea de interés relacionada con el horror, para que ésta se vuelva detonador. Y, una vez inmerso, te encuentras conque there’s no turning back (why’s that?). Parte de la adicción, supongo. No tiene remedio. Mucho menos casi a los 30. Con todo, resulta maravilloso -la palabra clave- el hecho de que,  a través de la tecnología, en particular  la Internet, y para ser todavía más preciso, el portal de videos Youtube, pueda uno disfrutar de cintas de culto -y sí completitas-. De modo que hace poco más de una semana me chuté las partes 2 y 3 de la llamada “Karnstein Trilogy”. La serie de tres filmes producida por la Hammer consta de The Vampire Lovers (1970), Lust for a Vampire y Twins of Evil (ambas de 1971). De los cuales sólo había visto el primero unas tres veces, y, por lo tanto, no tenía modo de compararles, salvo a través de los comentarios de algunos críticos en la red. Dadas las reseñas críticas, comentarios, etc., -y creo que en buena medida el ranking de imdb.com- llegué pensar que The Vampire Lovers era la mejor; mientras que de las secuelas, mejor ni hablar. ¡Oh (grata) sorpresa! 

En A New Heritage of Horror: The Gothic English Cinema, de David Pirie, este autor no dudó en calificar a Lust for a Vampire como la más lograda. Para él, The Vampire Lovers no fue sino la demostración de que la productora británica, lejos de la censura de los 60,  le entró de lleno al destape -sexista, claro- y la verdad sea dicha: sí.  La Trilogía está inspirada en Carmilla, el personaje epónimo de la novela del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu. Siendo la cinta de apertura la más “apegada” al texto ( ya antes en los 40 el maestro Crl Th. Dreyer la había llevado a la pantalla grande en Vampyr, una magnífica versión, aunque  loosely-based-on). 

Bajo la dirección de Roy Ward Baker, y con guión de Tudor Gates -escritor de las tres cintas, y antiguo colaborador del célebre Mario Bava, The Vampire Lovers acentúa el aspecto lésbico y seductor de la joven vampira Marcilla, para unos o Carmilla, para otros -interpretada por una treintañera Ingrid Pitt-. Parece que hubo por ahí un grito de “queremos ver chichis”, y luego, poco más que eso. La trama es bastante digerible y las actuaciones, pues bueno, con esos diálogos campy -acartonados y sobreexplicativos-… no hay mucho que agregar. Fregona, dentro de lo que cabe esperar.

Lust for a Vampire, por su parte, continúa la línea de la homosexualidad -y por ahí introduce una relación heterosexual, necrofílica y chaqueteramente asociada con una muerta enamorada (que no le llega a la Clarimonde del cuento de Teophile Gautier). Empero, me gustó más que su predecesora. Sí, lo del internado para señoritas -buenonas todas ellas- en medio del bosque germánico y a los pies del castillo Karnstein, queda sin comentarios si buscamos no sólo verosimilitud sino  también historicidad. Mas si se trata de la Hammer, who cares? Pues, justo de eso se trata, ¿no? Ahora Mircalla (otro anagrama de Carmilla) es interpretada por la sensual Yutte Stensgaard. La obra se halla más cerca de la fairy tale gótica en la que vemos a l@s niñ@s mal@s que se salen del camino -el de la moral correcta-, y se internan en el bosque, para un cahondísimo chapuzón en el estanque, o, para cuchiplanchar en el cementerio , así como los misteriosos asesinatos y sus complices encubridores. Asimismo, recupera, para bien, y lleva más allá, elementos que en su momento explotaron las clásicas de la Universal: los aldeanos que encolerizados van a quemar el castillo, pese a la advertencia del cura vanhelsigniano y agitador, quien señala no es la opción. Cabe señalar que la realización corrió a cargo de Jimmy Sangster, Guionista de los  éxiots que catapultarían a la Hammer  The Curse of Frankestein y Horror of Dracula.

Aún así, el verdadero banquete de lo popular, lo camp, lo kitsch, lo maravilloso, es por mucho Twins of Evil. Porque, como cita Pirie al André Breton del manifiesto surrealista (y yo a su vez lo traduzco) “Déjenos resolver el problema de una vez por todas; lo maravilloso siempre es hermoso. De hecho, sólo lo maravilloso es hermoso”. Y qué es lo maravilloso sino aquello que viene de otro mundo, del de los sueños tal vez, del subconsciente. Es el hallarse en un lado y, sin una mediación excesivamente justificada de por medio, pasar a l otro; la aparición repentina de algo o alguien que antes no estuvo frente a nuestros ojos. Estos y otros giros inesperados coqueteando con el sentimiento de lo  sublime -esa extraña mezcla de terror y placer-; en otras palabras, adrenalina pura -sin sesudas reflexiones ni remordimeintos de conciencia-, señoras y señores, nos hablan de lo maravilloso.

Si bien no me refiero a la calidad cinemática en su máxima expresión, pues hay filmes dentro y fuera de la producción de la hammer, que cuentan asimismo con bajo presupuesto y requieren una suspensión de la incredulidad al máximo , resulta significativo que Twins of Evil alcance dimensiones propias del cuento de hadas moderno. Esto es, una narrativa que ha trascendido las fronteras de la tradición oral -ya que cuenta con un soporte distinto: el celuloide- al tiempo que se ha nutrido de cierta simbología intertextual, del imaginario popular, asequible gracias a, lo anteriormente aludido, a la magia del cine (no en el sentido cinemex, of course).    

Hablar de que todo el cine, toda la producción cinematográfica, constituye un arte debido al mero proceso de su elaboración, ha sido, y seguirá siendo, una cuestión polémica. Pero, también, ¿no estaremos confundiendo el término arte con lo que está bien, lo complejo, lo aceptado por los académicos y por la crítica “autorizada”? He ahí la pregunta del millón. Vaya. no pienso decir que Twins of Evil is such a masterpiece, ni sugerir algo parecido.

A juicio de Pirie, el asunto de los puritanos contra los vampiros nunca cuaja. Y en efecto. Por un lado, los primeros lucen obstinados en  infundir el terror quemando jóvenes mujeres que viven fuera de su comunidad (y que , tragicómicamente, corren en la dirección en la que las pueden atrapar con facilidad, a campo abierto, en vez de internarse en el bosque -jajaja-); y, por otro lado, el heredero de la dinastía maldita de los Karnestein, intocable bajo el auspicio del emperador germano, cual aristócrata esnob y aburrido se entrega sin más a un hobby poco usual: sacrifica doncellas por el placer, por la sublimación que lo lleva a follarse a su resucitada tía tatarabuela… quién más “Carmilla”, y así obtener los poderes propios de las almas corruptas, de los siervos de Satán: el vampirismo. En medio, el maestro de música (de academia para señoritas, oh my God!) -cazador en su tiempo libre que, desde el comienzo hasta bien avanzada la cinta, no enfrenta abiertamente a uno u otro bando; pero que, en un momento dado, reacciona con las entrañas . Como resultado, el perenne conflicto estático encuentra resolución a través de conflictos repentinos, y nos adentramos, por ende, en el terreno de lo maravilloso.

Y bien. ¿Quiénes son estas gemelas del mal? Ni más ni menos que un par de playmates reclutadas ex profeso para este filme: las hermanas Madeleine y Mary Collison, interpretando a Frida y Mary (wow!), respectivamente. Una es buena y la otra mala. Su dualidad, irónicamente, se ve acentuda por su increíble resemblanza física. El resto de los personajes, salvo su amorosa tía, no tiene idea de cuál es la nueva vampiresa y cuál la bondadosa doncella. Y no, no se encueran alas primeras de cambio, como uno pudiera suponer. De hecho sólo hay una escena gráfica én ese tenor. ¿Será que uno ya estaba predispuesto a que las conejitas mostrarán sus atributos? Pues, ”haiga sido como haiga sido” (sic -puaj) , pero vaya que, sin el exceso de The Vampire Lovers o el romanticismo de Lust for a Vampire, se logró generar una creciente tensión sexual a lo largo de la película. El erotismo, pues, yace en buena medida en lo que se insinua, lo que queda a la imaginación (viendo y percibiendo nomás un poquito). 

Tras estar ausente en la segunda entrega de la saga,, Peter Cushing regresa, no como aristócrata vengador, sino como un puritano -e hijo de la chingada- que ha de tomar una decisión crucial (repentina, claro, sin mucho desarrollo).  Sus sobrinas, ahora a su cargo, son las mellizas en torno a quienes gira el conflicto final (no el de todo el filme). Diálogo pitero, verosimilitud por momentos inexistente, pero un ritmo de ida y vuelta que nomás no te suelta, aunado a una decapitación de poca madre y escenas que rayan en la comedia involuntaria vienen a constituir algunos de los artilugios más relevantes de una producción que me pone a reflexionar: ¿hasta qué punto el director John Hough tuvo consciencia de estar creando una fantasía en el marco del subgénero de lo maravilloso (según Todorov, ¿eh?), no sólo en los temas y convencionalismos, sino en su más pura expresión artística? Vaya. Dado que no me quiero meter en más pedos con los eruditos de la academia y sus seguidores wannabes, mejor me callo y, quizás, he hacer algo así arte, artístico, cultura… partiendo de que, insertas aquí, dichas palabras suenan a tabú. Además, mi estructura no es la de un ensayo, lo cual dista de una aproximación crítica digna de ser leída. Todo esto me parece maravilloso (jajajjajajajjajajajajjajajajjajaja).

Nota: Luego del infarto emocional que tuve al enterarme de que en el marco del Festival Expresión en Corto se proyectarán diversas cintas de la Hammer -justo Twins of Evil, una de ellas-  dentro de la sección cine entre los muertos, en el panteón municipal de Guanajuato, comienzo a sentirme mejor, es decir, más -que no completamente- resignado. Pues no hay de otra).

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No time

Publicado por Replicant 79 en Mayo 10, 2009

Ha quedado mucho por decir y, a fin de cuentas, tal vez nada. ¿Por qué?… por tiempo -léase la falta de-, así como la decidia, la  memoria lenta de mi computadora, el fastidio -cansancio, fatiga, depresión-, etc. Seguro que por todo lo anterior y, ya que estamos buscando culpables, de una vez que le toque a la influenza, sí. De hecho, pensándolo bien, es por este desmadre que se han exhacerbado -al menos en mí- los síntomas de ansiedad.

Afortunadamente antes de que se desatara el desmadre, alcancé a ver (en cine, lo cual, por como están las cosas, ya no sé si se vuelva una más de mis nostalgias) The Reader, de Stephen Daldry, asimismo realizador de Billy Elliot y Las horas: la primera de éstas, una grata sorpresa, pues recuerdo que, de último momento una amiga sugirió que la vieramos; la segunda, un triunfo visual y narrativo en el que, incluso caracterizando a una Virginia Woolf narigona y sin glamour, Nicole Kidman no dejó de verse atractiva y, claro, hizo gala de sus dotes histriónicas.

En esta ocasión, el director repite mancuerna con el guionista David Hare (de hecho exigió al estudio que éste adaptara el libro de Bernhard Schlink, pues dada su colaboración en La horas,  le sabía bien el timing, por así decirlo). Cabe señalar que sería por menos ocioso preguntarse por qué le dieron el premio de la academia a Kate Winslet -qué barbara, se la crees porque se la crees-; en un santiamen pasa de ser una adusta treintañera en actitud ninfomaniaca que seduce a un adolescente a convertirse en una heartless bitch. Lo anterior, desde luego, aunado a su también camaleónica caracterización de una cuarentona y luego setentona, que es descubierta como una férrea servidora del extinto régimen nazi. A la postre, su amante, Michael Berg -el joven actor alemán David Kross-, ya en calidad de estudiante de leyes, se encontrará con algo aún más soterrado en el carácter  de Hanna Schmitz (Winslet); secreto que, a su vez, repercutirá en la vida de un Michael adulto, interpretado por Ralph Fiennes -otra vez en actitud patética tipo El jardinero fiel. Por éstas y muchas otras razones, aquello del título, Una pasión secreta, le queda corto. Los mexicanos y nuestro gusto por telenovelizar todo lo que contenga elementos de melodrama (¿será sólo en eso?).

Asimismo, todavía una semana (¿o dos?) previa a la histeria colectiva, cumplí (pues lo hice bajo mi propio riesgo y sin pedirle peras al olmo) con mi cometido de ver Extrañas apariciones (no comments) aka The Haunting in Connecticutt. Y bueno. Resta decir -o repetir lo ya enunciado- que estamos frente a una trama convencional, con actuaciones respetables  -Virginia Madsen, Elias Koteas, Martin Donovan-, la cual apuesta por una readaptación de la típica historia de la casa embrujada y/o la presencia fantasmal. Inspirada en hechos reales, la cinta viene -en mi opinión- a ser una suerte de El horror de Amitiville del nuevo milenio. Es decir, por un lado, sigue los patrones del misterio, el suspenso y el horror sobrenatural, en el contexto moderno de la familia disfuncional estadounidense de Nueva Inglaterra; y, por el otro, aunque los sucesos datan de los años ochenta, lo que mantiene actual a la historia escrita por Adam Simon y Tim Metcalfe es el tratamiento que el realizador Peter Cornwell da al filme: formal y estilísticamente hablando explota el género al máximo, mas no se empecina en convencernos, a través de efectos cinema verité, del realismo en el relato -según esto videograbado- de la madre que lidió con la enfermedad terminal de su hijo y que, más adelante, lleva -o arrastra- a la familia completa hacia una experiencia, extraña y paranormal. Al fin y al cabo, los anglosajones manejan muy bien tales temáticas -cuentan con el material literario, cinematográfico y, sí, también con el presupuesto, para lograrlo. Mientras que en México… no quisiera acordarme de Cañitas.

En fin, ya volvieron las clases, y si junto con todas las lecturas pendientes programadas, mi chamba de traductor, aunado al cierre de salas cinematográficas, venía a mi mente la rola de los canadienses de The Guess Who: ‘No time’; pues ahora todavía más. Sin embargo, ahí está la tv por cable, con sus reducidas opciones, entre ellas: la segunda temporada de Epitafios, serie original de HBO para Latinoamérica (En imagen). ¡Bravo! Si la primera parte se concentraba en calcar, en cierta forma, la estética del asesino serial en medios audiovisuales -el policía al acecho, el homicida inteligente y escurridizo, en un ambiente claustrofóbico retratado, literalmente, por medio de ángulos de cámara cerrados, sin mostrar el espacio abierto-, ahora ya puede uno vibrar la historia en Buenos Aires; es decir, ya la aterrizaron, la domesticaron, y no perdieron calidad, sino todo lo contrario . Asimismo, la subtrama del personaje de Marina (Cecilia Roth) jugando a la ruleta rusa alcanza mayor verosimilitud (y menos pena ajena como dijo un periodista de cine hace algún tiempo). Y la adición del experimentado actor Leonardo Sbaraglia  (Cenizas del Paraíso, Carmen) en el papel de un criminal esquizoide que sostiene un vínculo psíquico con una de sus víctimas, sobreviviente de un entierro en vida, está de poca madre; lo mismo que el mosaico de caracteres cínicos y oportunistas que ha venido emergiendo capítulo tras capítulo.

Y bueno, ya no queda más tiempo. A ver cuándo regreso por acá.

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El Gran Clint

Publicado por Replicant 79 en Abril 7, 2009

Lo reitero. Me vuelvo a unir al coro de voces que aclaman a Clint Eastwood como uno de los mejores cinerealizadores de la última década. Aún no he visto El sustituto (2008), pero, en Gran Torino (2008), el ganador del Óscar con Golpes del destino (2004) demuestra por qué su trabajo, el de un veterano con oficio -y calidad, desde luego-, no necesita de efectismos para dejar al espectador, una vez más, con un ¿agridulce? sabor de boca.

Pese al riesgo que lo siguiente implica, diría que, las cintas de Eastwood ya han pasado ha ser sui generis. Y no precisamente porque el también actor adopte una postura que vaya a contracorriente del mainstream, no. Sin embargo, tampoco es que jale en la misma dirección. Por el contrario, sus filmes distan de caer en la autocomplacencia hollywoodense: para muestra recordemos cómo logró desmitificar el género del Western en Imperdonable (1992); y, en el caso del cine bélico, irse del otro lado, el de los derrotados, en Cartas desde Iwo Jima (2006), tras haber mostrado su lado patriótico -desde su peculiar perspectiva-, en La conquista del honor (2006).

En fin, no discutiré si el más de una vez ganador de la preciada estatuilla dorada, aporta elementos o renueva los géneros en los que incursiona.  Mas resultaría sumamente grato saber que va en aumento el número de sus colegas de profesión que imita sus pasos. Caminando no por lo fácil, sino por lo sencillo (¿estaremos hablando de minimalismo formal y/o estilístico?). Así, los terrenos transitados en Gran Torino poseen un carácter sinuoso. Si bien la historia carece de giros inesperados, ésta se halla impresa por un manejo efectivo -que no efectista- de las situaciones dramáticas.

En este contexto, Walt Kowalski (Eastwood) encarna al ”héroe américano”, anónimo y solitario -el veterano de guerra-, que, tras la pérdida de su esposa, tiene la oportunidad de sacar lo mejor de sí. Para ello, no debe ir más allá de su entorno inmediato. Un conflicto con pandilleros hmong -gente originaria de Laos, Camboya y alrededores- fungirá como detonador para la intervención del viejo Walt, jubilado armador de la Ford del meritito Detroit, quien además posee un flamante Gran Torino 72. Luego, casi casi por accidente, el protagonista se ve envuelto en una posición en la que la comunidad de inmigrantes asiáticos le admiran cual mesias de barrio bravo.  

Ahí nomás. Kowalski no peleará contra sus conflictos raciales -y vaya que si el tipo tiene lo suyo- ni de vejez. Cual hombre de acción (no confundir con el ahora Governator), Walt arregla cosas -como el mismo llega a decir-, pero no las resuelve. Es decir, lo vemos lidiar con situaciones difíciles y salir adelante de un modo bastante, incluso excesivamente, pragmático (no en balde uno le llega a tomar empatía). Finalmente, como en todo, hacen su aparición las consecuencias de los actos, y el sentido práctico se esfuma.

Pese a que el guión de Nick Schenk -basado en una historia de Dave Johanson- recorre los lugares comunes -personajes por momentos caricaturizados, resolución instantánea y repentina de conflictos de fondo, cierta inverosimilitud, redundancia en las escenas-, Eastwood no pierde el rumbo. Como resultado, estamos frente al cine de un autor que hace uso de los recursos a su alcance para dar un tratamiento único y personal a su obra. Así pues, con todo y que en su momento lo adorabamos, adiós al vengador anónimo tipo Charles Bronson. En medio de la violencia, el nuevo héroe de la calle, sin actuar cual máquina asesina en busca de justicia, nos sigue entreteniendo, divirtiendo y, al menos a mí, complaciendo.

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