
Twins of Evil
Parafraseando a Stephen King, sigo devorando la literatura y el cine de horror como si fuera comida chatarra. Así es, en definitiva, no puedo ni quiero evitarlo. Decir que siempre me ha capturado, suena a cliché, pues, al fin y al cabo, ¿desde cuándo y por cuánto es siempre? (jajaja). No fukin’ idea. En cualquier caso, mi inclinación por explorar el terreno de lo popular -más concretamente, el de la cultura popular- continúa vigente (conste que no en el sentido de darme ”baños de pueblo”). Y no es que me prive, creo yo, de la oferta de la alta cultura, o de lo que el canon ha llevado a alcanzar dicho status.
Todo es cuestión de iniciar, o retomar, alguna línea de interés relacionada con el horror, para que ésta se vuelva detonador. Y, una vez inmerso, te encuentras conque there’s no turning back (why’s that?). Parte de la adicción, supongo. No tiene remedio. Mucho menos casi a los 30. Con todo, resulta maravilloso -la palabra clave- el hecho de que, a través de la tecnología, en particular la Internet, y para ser todavía más preciso, el portal de videos Youtube, pueda uno disfrutar de cintas de culto -y sí completitas-. De modo que hace poco más de una semana me chuté las partes 2 y 3 de la llamada “Karnstein Trilogy”. La serie de tres filmes producida por la Hammer consta de The Vampire Lovers (1970), Lust for a Vampire y Twins of Evil (ambas de 1971). De los cuales sólo había visto el primero unas tres veces, y, por lo tanto, no tenía modo de compararles, salvo a través de los comentarios de algunos críticos en la red. Dadas las reseñas críticas, comentarios, etc., -y creo que en buena medida el ranking de imdb.com- llegué pensar que The Vampire Lovers era la mejor; mientras que de las secuelas, mejor ni hablar. ¡Oh (grata) sorpresa!
En A New Heritage of Horror: The Gothic English Cinema, de David Pirie, este autor no dudó en calificar a Lust for a Vampire como la más lograda. Para él, The Vampire Lovers no fue sino la demostración de que la productora británica, lejos de la censura de los 60, le entró de lleno al destape -sexista, claro- y la verdad sea dicha: sí. La Trilogía está inspirada en Carmilla, el personaje epónimo de la novela del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu. Siendo la cinta de apertura la más “apegada” al texto ( ya antes en los 40 el maestro Crl Th. Dreyer la había llevado a la pantalla grande en Vampyr, una magnífica versión, aunque loosely-based-on).
Bajo la dirección de Roy Ward Baker, y con guión de Tudor Gates -escritor de las tres cintas, y antiguo colaborador del célebre Mario Bava, The Vampire Lovers acentúa el aspecto lésbico y seductor de la joven vampira Marcilla, para unos o Carmilla, para otros -interpretada por una treintañera Ingrid Pitt-. Parece que hubo por ahí un grito de “queremos ver chichis”, y luego, poco más que eso. La trama es bastante digerible y las actuaciones, pues bueno, con esos diálogos campy -acartonados y sobreexplicativos-… no hay mucho que agregar. Fregona, dentro de lo que cabe esperar.
Lust for a Vampire, por su parte, continúa la línea de la homosexualidad -y por ahí introduce una relación heterosexual, necrofílica y chaqueteramente asociada con una muerta enamorada (que no le llega a la Clarimonde del cuento de Teophile Gautier). Empero, me gustó más que su predecesora. Sí, lo del internado para señoritas -buenonas todas ellas- en medio del bosque germánico y a los pies del castillo Karnstein, queda sin comentarios si buscamos no sólo verosimilitud sino también historicidad. Mas si se trata de la Hammer, who cares? Pues, justo de eso se trata, ¿no? Ahora Mircalla (otro anagrama de Carmilla) es interpretada por la sensual Yutte Stensgaard. La obra se halla más cerca de la fairy tale gótica en la que vemos a l@s niñ@s mal@s que se salen del camino -el de la moral correcta-, y se internan en el bosque, para un cahondísimo chapuzón en el estanque, o, para cuchiplanchar en el cementerio , así como los misteriosos asesinatos y sus complices encubridores. Asimismo, recupera, para bien, y lleva más allá, elementos que en su momento explotaron las clásicas de la Universal: los aldeanos que encolerizados van a quemar el castillo, pese a la advertencia del cura vanhelsigniano y agitador, quien señala no es la opción. Cabe señalar que la realización corrió a cargo de Jimmy Sangster, Guionista de los éxiots que catapultarían a la Hammer The Curse of Frankestein y Horror of Dracula.
Aún así, el verdadero banquete de lo popular, lo camp, lo kitsch, lo maravilloso, es por mucho Twins of Evil. Porque, como cita Pirie al André Breton del manifiesto surrealista (y yo a su vez lo traduzco) “Déjenos resolver el problema de una vez por todas; lo maravilloso siempre es hermoso. De hecho, sólo lo maravilloso es hermoso”. Y qué es lo maravilloso sino aquello que viene de otro mundo, del de los sueños tal vez, del subconsciente. Es el hallarse en un lado y, sin una mediación excesivamente justificada de por medio, pasar a l otro; la aparición repentina de algo o alguien que antes no estuvo frente a nuestros ojos. Estos y otros giros inesperados coqueteando con el sentimiento de lo sublime -esa extraña mezcla de terror y placer-; en otras palabras, adrenalina pura -sin sesudas reflexiones ni remordimeintos de conciencia-, señoras y señores, nos hablan de lo maravilloso.
Si bien no me refiero a la calidad cinemática en su máxima expresión, pues hay filmes dentro y fuera de la producción de la hammer, que cuentan asimismo con bajo presupuesto y requieren una suspensión de la incredulidad al máximo , resulta significativo que Twins of Evil alcance dimensiones propias del cuento de hadas moderno. Esto es, una narrativa que ha trascendido las fronteras de la tradición oral -ya que cuenta con un soporte distinto: el celuloide- al tiempo que se ha nutrido de cierta simbología intertextual, del imaginario popular, asequible gracias a, lo anteriormente aludido, a la magia del cine (no en el sentido cinemex, of course).
Hablar de que todo el cine, toda la producción cinematográfica, constituye un arte debido al mero proceso de su elaboración, ha sido, y seguirá siendo, una cuestión polémica. Pero, también, ¿no estaremos confundiendo el término arte con lo que está bien, lo complejo, lo aceptado por los académicos y por la crítica “autorizada”? He ahí la pregunta del millón. Vaya. no pienso decir que Twins of Evil is such a masterpiece, ni sugerir algo parecido.
A juicio de Pirie, el asunto de los puritanos contra los vampiros nunca cuaja. Y en efecto. Por un lado, los primeros lucen obstinados en infundir el terror quemando jóvenes mujeres que viven fuera de su comunidad (y que , tragicómicamente, corren en la dirección en la que las pueden atrapar con facilidad, a campo abierto, en vez de internarse en el bosque -jajaja-); y, por otro lado, el heredero de la dinastía maldita de los Karnestein, intocable bajo el auspicio del emperador germano, cual aristócrata esnob y aburrido se entrega sin más a un hobby poco usual: sacrifica doncellas por el placer, por la sublimación que lo lleva a follarse a su resucitada tía tatarabuela… quién más “Carmilla”, y así obtener los poderes propios de las almas corruptas, de los siervos de Satán: el vampirismo. En medio, el maestro de música (de academia para señoritas, oh my God!) -cazador en su tiempo libre que, desde el comienzo hasta bien avanzada la cinta, no enfrenta abiertamente a uno u otro bando; pero que, en un momento dado, reacciona con las entrañas . Como resultado, el perenne conflicto estático encuentra resolución a través de conflictos repentinos, y nos adentramos, por ende, en el terreno de lo maravilloso.
Y bien. ¿Quiénes son estas gemelas del mal? Ni más ni menos que un par de playmates reclutadas ex profeso para este filme: las hermanas Madeleine y Mary Collison, interpretando a Frida y Mary (wow!), respectivamente. Una es buena y la otra mala. Su dualidad, irónicamente, se ve acentuda por su increíble resemblanza física. El resto de los personajes, salvo su amorosa tía, no tiene idea de cuál es la nueva vampiresa y cuál la bondadosa doncella. Y no, no se encueran alas primeras de cambio, como uno pudiera suponer. De hecho sólo hay una escena gráfica én ese tenor. ¿Será que uno ya estaba predispuesto a que las conejitas mostrarán sus atributos? Pues, ”haiga sido como haiga sido” (sic -puaj) , pero vaya que, sin el exceso de The Vampire Lovers o el romanticismo de Lust for a Vampire, se logró generar una creciente tensión sexual a lo largo de la película. El erotismo, pues, yace en buena medida en lo que se insinua, lo que queda a la imaginación (viendo y percibiendo nomás un poquito).
Tras estar ausente en la segunda entrega de la saga,, Peter Cushing regresa, no como aristócrata vengador, sino como un puritano -e hijo de la chingada- que ha de tomar una decisión crucial (repentina, claro, sin mucho desarrollo). Sus sobrinas, ahora a su cargo, son las mellizas en torno a quienes gira el conflicto final (no el de todo el filme). Diálogo pitero, verosimilitud por momentos inexistente, pero un ritmo de ida y vuelta que nomás no te suelta, aunado a una decapitación de poca madre y escenas que rayan en la comedia involuntaria vienen a constituir algunos de los artilugios más relevantes de una producción que me pone a reflexionar: ¿hasta qué punto el director John Hough tuvo consciencia de estar creando una fantasía en el marco del subgénero de lo maravilloso (según Todorov, ¿eh?), no sólo en los temas y convencionalismos, sino en su más pura expresión artística? Vaya. Dado que no me quiero meter en más pedos con los eruditos de la academia y sus seguidores wannabes, mejor me callo y, quizás, he hacer algo así arte, artístico, cultura… partiendo de que, insertas aquí, dichas palabras suenan a tabú. Además, mi estructura no es la de un ensayo, lo cual dista de una aproximación crítica digna de ser leída. Todo esto me parece maravilloso (jajajjajajajjajajajajjajajajjajaja).
Nota: Luego del infarto emocional que tuve al enterarme de que en el marco del Festival Expresión en Corto se proyectarán diversas cintas de la Hammer -justo Twins of Evil, una de ellas- dentro de la sección cine entre los muertos, en el panteón municipal de Guanajuato, comienzo a sentirme mejor, es decir, más -que no completamente- resignado. Pues no hay de otra).
). ¡Bravo! Si la primera parte se concentraba en calcar, en cierta forma, la estética del asesino serial en medios audiovisuales -el policía al acecho, el homicida inteligente y escurridizo, en un ambiente claustrofóbico retratado, literalmente, por medio de ángulos de cámara cerrados, sin mostrar el espacio abierto-, ahora ya puede uno vibrar la historia en Buenos Aires; es decir, ya la aterrizaron, la domesticaron, y no perdieron calidad, sino todo lo contrario . Asimismo, la subtrama del personaje de Marina (Cecilia Roth) jugando a la ruleta rusa alcanza mayor verosimilitud (y menos pena ajena como dijo un periodista de cine hace algún tiempo). Y la adición del experimentado actor Leonardo Sbaraglia (Cenizas del Paraíso, Carmen) en el papel de un criminal esquizoide que sostiene un vínculo psíquico con una de sus víctimas, sobreviviente de un entierro en vida, está de poca madre; lo mismo que el mosaico de caracteres cínicos y oportunistas que ha venido emergiendo capítulo tras capítulo.
Lo reitero. Me vuelvo a unir al coro de voces que aclaman a Clint Eastwood como uno de los mejores cinerealizadores de la última década. Aún no he visto El sustituto (2008), pero, en Gran Torino (2008), el ganador del Óscar con Golpes del destino (2004) demuestra por qué su trabajo, el de un veterano con oficio -y calidad, desde luego-, no necesita de efectismos para dejar al espectador, una vez más, con un ¿agridulce? sabor de boca.